Hace aproximadamente unos 4.000 años vivió en la región del Navia un elemento humano indígena, pariente del primitivo Neanderthal, que se cobijaba en cabañas de materias vegetales, cazaba, conocía el fuego, vestía pieles y construía sus monumentos en piedra. Posteriormente, hacia el año 1.500 a.C., penetró en la Península y alcanzó la zona noroccidental una oleada humana, los Ambrones, procedentes del este indoeuropeo. Fue hacia el año 500 a.C. cuando irrumpió el pueblo celta, originario también de Centro Europa.
Los nativos tratan de oponerse a los forasteros defendiendo su suelo, pero al fin se hace posible la convivencia y los recién llegados introducen con su dominio sus costumbres y conocimientos a la vez que nuevos elementos culturales: se manifiesta una tendencia a la formación.
Se trata de grupos humanos que escogen lugares estratégicos con agua, caza y pesca para establecerse. Así el suelo va siendo invadido por asentamientos con originales arquitecturas y soluciones urbanas (habitaciones de piedra que cobijan a las familias dentro de los poblados) que por su aspecto fortificado se denominan Castros u Oppila.
Estos emplazamientos castreños abundaban en los márgenes del río Navia, ocupados por las tribus galaicas de los Albiones; el poblado se denomina Navioalbión y entre los principales asentamientos se encuentran el de Pendia, Illano, Armal, Coaña y Mohías.
El paisaje era abrupto y desolado, repleto de bosques y selvas con sólo esas franjas costeras de agrupaciones humanas muy dispersas, incomunicadas y refugiadas en su poblado. Sus pobladores eran aficionados a la guerra, la caza y el bandidaje. Eran monógamos con una gran cohesión familiar y de clan, con escalas jerárquicas; religiosos practicantes de un politeismo material, organización matriarcal, colectivismo, intercambios comerciales con productos varios, una agricultura rudimentaria, una ganadería de pastoreo y productores de artesanías de barro y metal toscas y pobres como actividades principales.
Sobre este sustrato indígena, los celtas trataron de asentarse, y los sucesivos invasores iban conquistando la tierra y modificando a su medida las ideas y estructuras tradicionales de sus habitantes. Estos pueblos fueron en orden de aparición: los romanos, los bárbaros, los visigodos y los musulmanes.
La presencia romana acaeció en el siglo I a.C. durante los diez años en que transcurrieron las Guerras Cántabras (del 29 al 19 a.C.). El fenómeno de la romanización fue un proceso civilizador lento y progresivo que actuó con mayor resonancia en el noroeste; los castros más altos de la cuenca del Navia, los más arcaicos y peor conservados, fueron los que peor asimilaron los nuevos dictados a causa de su lejanía y aislamiento. De todas formas se introdujeron innovaciones, se construyeron vías y calzadas para eliminar el distanciamiento de forma que fueron naciendo las primeras “villae" romanas, cerca o sobre las ruinas de los castros deshabitados, aunque la mayoría de ellos continuaron ocupados hasta la agonía del imperio, si bien impregnados de estos nuevos aires culturales.
Por aquel entonces la riqueza residía en la propiedad de la tierra cultivable bajo la forma de latifundios, lo que ocasionó la desestabilización del sistema al producirse el incremento de las cargas impositivas y demás abusos de poder por parte de los terratenientes, lo que provocó el descontento general. Fue entonces cuando se produjo la invasión bárbara, que en cierto modo, supuso la liberación de la opresión tributaria romana.
Vinieron después los visigodos (año 415), con los que se aliaron los romanos en lucha contra los bárbaros, derrotándolos en el año 456. En el año 475 se rompe el pacto con Roma, que sucumbe como Imperio dando vía libre a un estado visigodo independiente.
Los siglos siguientes fueron como una prolongación de los últimos tiempos de la hegemonía romana y su régimen latifundista estuvo en fase de feudalización progresiva, con lo que esos siglos de permanencia fueron de total anarquía, hasta que en el año 589 se inicia la conversión al cristianismo por parte de Recaredo, acabando definitivamente con los restos del paganismo con la Reconquista del territorio nacional en el 728, momento del nacimiento de la monarquía de Asturias.
Los emplazamientos de los castros están escogidos por razones tácticas, ideológicas, comerciales o biológicas. Son frecuentes en colinas de suave ondulación, cercanas a manantiales o arroyos, oscilando su altura entre los 300 y los 1.500 m. El Castro de Coaña está situado a 98 m. de altitud; los de la cuenca alta del Navia fluctúan entre los 200 y 300 m. El Castro de Mohías está situado a 30 m. Respecto a la extensión, el Castro de Coaña tiene 150 áreas. Común a todos ellos, es la orientación Norte-Sur de su eje mayor, con la finalidad de evitar los vientos dominantes y favorecer el abrigo soleado y la ventilación. También las puertas, con este mismo motivo, están abiertas al Sur.
Los castros constan de un sistema defensivo circular, compuesto de robustos muros de mampostería, antemuros, fosos y sólidos torreones de vigilancia con diversas vías de acceso y entradas.
Las viviendas estaban construidas con lajas de pizarra alineadas y con arcilla interpuesta; ajustan sus plantas en buena proporción a trazados circulares, aunque existen cabañas rectangulares, trapezoidales y mixtas. La altura de los muros es de unos 2 m. de altura y 0,60 m. de anchura. Carecían de claros, comunicando al exterior con solo una o dos puertas de 0,77m, a 1,35 m. cerradas por una pieza de madera o losa encajada en dos ranuras laterales, y protegidas muchas veces por un vestíbulo en forma de arco. La disposición tangencial de las paredes de las casas vecinas perseguía un aprovechamiento máximo del terreno.
En Coaña fueron afloradas 80 habitaciones y alrededor de 20 en Mohías habiendo sido excavadas 2/3 partes del suelo del primer enclave y 1/10 parte del segundo, lo que permite suponer que éste último ha estado más densamente poblado.
No hay huecos en las paredes internas pero es frecuente encontrar bancos de piedra adosados a ellas. En las partes centrales de las casas redondas, o en un extremo de las rectangulares, se han descubierto hogares, algunos con residuos carbonizados y pequeños receptáculos para la conservación de la lumbre por las noches, cuando se apagaba el fuego principal. Suelen aparecer pequeños hornos domésticos con una pequeña bóveda de barro. Algunas construcciones cumplen una función específica dedicada a la fundición de metales. Se han desenterrado moldes de diversos tipos, piezas brutas fundidas, canales de agua para enfriar la colada metálica, tiros para avivar el fuego, escoria, etc.
Los techos debieron ser de paja gruesa dispuesta en capas inclinadas con una caída aproximada de 45º. Eran prácticos, económicos y de eficiencia protectora. La techumbre se armaba sobre uno o dos palos verticales que sostenían tendidos hasta las paredes, entrelazados entre sí por otras piezas horizontales.
La condición de habitabilidad de los castros, su ocupación, podía ser de seis personas en cada cabaña circular de tipo medio. A veces, además, convivían por la noche con animales.
Un posible itinerario para visitar los castros del Concejo de Coaña podría ser el de dirigirse primero al Castro de Coaña, situado a 5 kilómetros de Navia dirección a Boal (variante a la izquierda en el extremo occidental del puente de hierro). Emplazado en un montículo de 98 m. de altura y circundando por sus laderas el riachuelo Sarriou. Las viviendas casi suman un centenar con muros de pizarra y forma rectangular, circular, trapezoidales o mixtas, y se distribuyen apiladas por el terreno entre calles y pasadizos, algunos de ellos enlosados. Junto a ellos, molinos romanos, piedras horadadas, complejos funerarios con una pila lustral de granito de 2.250 kilos de peso y una estela discoidal. Un complejo cuyas labores de excavación se han completado con hallazgos metálicos y numismáticos.
Después pasaríamos a visitar el Castro de Mohías. Para acceder a éste se toma a 2 kilómetros de Navia por la nacional 634 una carretera a la derecha que sube a la población de Ortiguera. A 400 m. en cualquier casa del lugar, se puede obtener información para llegar al yacimiento, que no se encuentra debidamente señalizado. Se halla en una suave loma a 30 m. sobre el nivel del mar, muy cerca de la costa, con un amplio foso protector por el sur, restos de muralla en el este y el río de Castro por el oeste, atravesado por un acueducto que sirvió para el abastecimiento de agua. Tiene a la vista más de 20 viviendas con sus hogares, aproximadamente una cuarta parte de las existentes. Han sido desenterradas cerámicas, hierros o bronces, además de artilugios domésticos.