los
CASTROS
del valle del NAVIA
TODOS LOS HABITANTES DE LAS MONTAÑAS SON SOBRIOS: NO BEBEN NADA, A NO SER
AGUA, DUERMEN EN EL SUELO Y LLEVAN CABELLOS LARGOS IGUAL QUE LAS MUJERES, AUNQUE
PARA LOS COMBATES CIÑEN SU FRENTE CON UNA BANDA.
LOS HOMBRES VAN VESTIDOS DE
NEGRO, LLEVANDO CASI TODOS ELLOS EL SAGO, CON EL
QUE DUERMEN EN SUS LECHOS DE PAJA; UTILIZAN VASOS LABRADOS DE MADERA, COMO LOS
CELTAS, Y LAS MUJERES LLEVAN VESTIDOS CON ADORNOS FLORALES.
Así describe el historiador griego Estrabón los pueblos que habitaban las
regiones norteñas en tiempos del emperador Augusto. Eran los habitantes
de los castros, las gentes que durante siglos habían poblado estas tierras y
que siguieron haciéndolo tras la llegada de los romanos. Hasta entonces,
habían construido aldeas que se proveían de todo cuanto les era necesario
mediante la explotación de su entorno más próximo o por intercambio con otras
comunidades.
La competencia y rivalidad entre grupos les había obligado a levantar poderosas
defensas para proteger a sus familias, cosechas y ganado.
Situados, por lo general, en lomas y colinas, que permitían un buen control
sobre el territorio, estos poblados fortificados pervivieron con renovada
vitalidad en época imperial gracias al interés de los conquistadores por las
minas de oro, tan abundantes bajo las montañas del occidente de Asturias.
Las producciones cerámicas encontradas componen una colección inédita hasta
el momento en el registro arqueológico de los castros del N.O.
peninsular. Son en su mayoría objetos fabricados en centros alfareros del
sur de la Galia, valle del Ebro, la meseta norte y Lugo; son por tanto productos
de importación a los que se presupone un elevado coste de adquisición.