el CASTRO de CHAO SAMARTÍN
(CASTRO, GRANDAS DE
SALIME)
Bajo las telas protectoras de las excavaciones se extienden los testimonios
de una sociedad que alcanzó hace casi dos mil años un grado de refinamiento
urbano como hasta el momento no ha podido documentarse en otros poblados
vecinos. Su historia comenzó, no obstante, mucho antes, pues se sabe que
el castro estaba ya fortificado en el siglo IV antes de Jesucristo. Por
aquel entonces, un pequeño GRUPO DE CABAÑAS, de planta circular y rectangular
con esquinas redondeadas, de sala única y cubierta vegetal, se extendían al
abrigo de las potentes murallas.
Al exterior un PROFUNDO FOSO
imposibilitaba el acceso al recinto por otro lado que no fuese el flanco sur,
donde se abría la PUERTA DEL POBLADO. Sus habitantes practicaban la
agricultura, preparaban sus alimentos en cerámicas elaboradas sin torno y
fabricaban utensilios de hierro y cobre como muestran los restos metalúrgicos
hallados.
La incorporación de estos territorios al Imperio Romano habría de producir
modificaciones radicales en las formas de vida de los habitantes del Chao
Samartín. Su privilegiada posición respecto a las minas de oro de la
comarca y sobre la misma vía que comunicaba la capital lucense (Lucus Augusti)
con la capital de los astures trasmontanos (Lucus Asturum, Lugo de Llanera) le
proporcionó una RICA VIDA COMERCIAL y el acceso a productos de enorme
prestigio. En las cocinas del Chao Samartín, a fines del siglo I d.C.,
los alimentos se servían en juegos de VAJILLAS importadas de Zamora, Logroño o
sur de Francia y las paredes de las casas se decoraban con VISTOSAS PINTURAS al
estilo romano.
La preocupación por mejorar las condiciones de salubridad
provocaron el completo saneamiento de calles y plazas, bajo cuyos pavimentos de
pizarra discurren CANALIZACIONES Y ALCANTARILLAS.
Las
calles pavimentadas del castro demuestran que, lejos de la idea de primitivismo
y barbarie que domina la imagen de estos pueblos del norte, en buena medida,
transmitida intencionalmente por los escritores clásicos para justificar la
bondad de la empresa conquistadora, estamos frente a pueblos preocupados por
alcanzar las condiciones de vida más cómodas e higiénicas. En este ambiente, de
innegable prosperidad, las murallas pierden su finalidad defensiva para
convertirse en meros contrafuertes de un núcleo urbano en el que las antiguas
cabañas dan lugar a construcciones más complejas, con varias plantas y
cubiertas mixtas de entramado vegetal y losas de pizarra.
Una
transformación a la que no resultaron ajenas la VIEJA SAUNA, y la GRAN PLAZA
abierta frente a la puerta y camino de acceso al poblado. Esta gran plaza
enlosada constituye un espacio único, por el momento, en todos los castros
conocidos. Probablemente sea una versión rústica de los foros clásicos:
centro de reunión, celebración, mercado, discusión, etc. Sin embargo, la
vida de esta comunidad, próspera y dinámica, habría de verse súbitamente
truncada hacia la mitad del siglo II después de Cristo, cuando un violento
terremoto asoló el poblado y arruinó definitivamente la historia centenaria
del Chao Samartín, que nunca más volvería a ser habitado.