Muchas veces no es fácil explicar por qué el artista se decanta por unos u otros temas. En ocasiones esto tiene que ver con la impronta que deja el maestro en el aprendiz; o con un metodismo académico que, por creer ser perfecto, se vuelve aburrido y repetitivo aunque pase por diferentes manos; o simplemente, el tema surge cuando los elementos que lo configuran se cruzan en el camino de la sensibilidad del artista, un artista que está ansioso de recibir la inspiración, no de las musas, sino de todo aquello que día a día le rodea, le encanta, le hechiza, le ayuda a crear en su mente algo del arte que luego pasará al lienzo. No es difícil que esto ocurra cuando se está rodeado de una paleta de ocres otoñales, grises tormentosos o verdes en tan variada gama como los que ofrece el paisaje asturiano y sus pintorescos protagonistas.
Blanco es pintor de la panera, del molino, de los gallos y las gallinas, del agua remansada de los jugosos ríos de Frejulfe, Navia, Porcía; o de las más agitadas aguas del río Barayo o las cascadas de Oneta; de las casas de mampostería vista de Pesoz, Tablizo o del Vidural; de la portalada desvencijada que encierra simbólicamente los entresijos de un caserío de labranza, o de las berzas y los helechos que, cual colina legendaria del paisaje asturiano, son tan propios del mismo como ésta; y no nos olvidemos de los bodegones que reflejan fielmente los frutos de tan noble tierra.
Todo esto constituye una temática que encierra cierta variedad de elementos en una producción quizá desfasada en el tiempo, desvinculada de los modos y las formas más actuales, demasiado arraigada en un estilo, una técnica y unos gustos más propios de una minuciosidad renacentista o como Fernando Landeira apunta "cuadros que a veces recuerdan la ingenuidad de un Rousseau". Pero es por su carácter autodidacta y su arraigo a los modos y costumbres rurales, por lo que Blanco se decanta por estas temáticas, y partiendo de la elemental idea de querer pintar lo que a él le gusta, utiliza los temas que se encuentra en el campo y la marina asturiana no sólo como fuente de inspiración, sino también como motivos predilectos de sus obras.
Cualquier hórreo, cualquier gallinero, infinidad de rincones típicos, de huertas, de pantalanes, son susceptibles de configurar el motivo principal de un cuadro de Blanco. Es entonces cuando la mano del artista y el buen criterio estético que se le supone a un ser sensible, se encargan de seleccionar aquellos elementos que inspiran, que evocan, que pasarán a ser arte en la paleta del pintor.
No hay que olvidarse tampoco de las naturalezas muertas, los interiores o algún otro tema menos habitual en su obra. En estos casos, el tema nace a medida de la imaginación del pintor, que dispone los elementos en virtud de lo que considera una composición bella, con un criterio estético que, si bien pierde a veces la asturianía predominante en otros temas, no deja de surgir de la realidad circundante.
El estilo de Blanco es minucioso, quizá meticuloso en demasía en algunos aspectos, caracterizado por un virtuosismo botánico que suele servir de marco a la plasticidad con la que son tratadas las mamposterías y demás elementos que concurren en la Asturias más rural. En ocasiones, la pincelada se presenta deshecha, pareciendo contraponerse a la minuciosidad con la que es tratada; en otras, se nos muestra en su cualidad más diluida, cual fiel espejo, en las aguas embalsadas del Navia o el Porcía.
En la mente de Alberto Blanco no hay un afán por ajustarse a las tendencias de moda, por variar los temas o cambiar la técnica que de modo tan personal da vida a sus cuadros. Pero sí existe una inquietud al analizar otros modos y maneras, así como la intención de un perfeccionamiento progresivo y de una reiteración temática siempre que siga encontrándose realizado con lo que consigue en sus obras que, por otro lado, gozan de muy buena aceptación entre el público que accede a ellas.